La lectura que seremos...

Imagen: "Survivor" Tommy Ingberg

Parafraseo con el título señalado en este post, al escritor colombiano Héctor Abad Faciolince, en su emotivo libro “El olvido que seremos”. El ejercicio no tiene más ánimo que responder a una interrogante que me ha venido rondando desde hace algunas semanas luego de leer testimonios biográficos e historiográficos de nuestro país en otros contextos de tiempo y espacio. Esa interrogante que me ronda se refiere a cómo seremos leídos en el tiempo donde nuestra presencia sea una borradura (otro préstamo literario) y hasta un posible olvido dentro de este brumoso tiempo que ha marcado una anacrónica revolución. Cuando en otros países este sistema de ideas ya había sido sentenciado, aquí en Venezuela una izquierda añosa, pasada de moda y con unas ínfulas de poder muy grandes se aliaron en el hombre de armas por allá en la década de los noventa del siglo pasado, para insuflarle vigor a un antecedente que ya era común dentro de los cuarteles, subvertir el orden constitucional para sabotear el ejercicio de poder de los civiles. Con todo eso en mente, todo lo demás es historia presente. 

Por lo demás, no todos seremos recordados, luego de que las generaciones por venir vayan transitando caminos impenitentes, la mayoría por ley natural nos convertiremos en desconocidos personajes, indefinidos, porque el libro de vida de generación en generación va perdiendo su nitidez en el tiempo.

Existe un dicho lapidario que reza, “la historia la cuentan los vencedores” y uno al escucharla o leerla, queda con un dejo de resignación impuesta, que desubica la necesidad de escuchar voces que desde ese aparente fracaso quedan silenciadas en el túnel del tiempo. Otra interrogante que agrego a este escrito es esta ¿qué pasó con las voces ciudadanas, civiles, dentro de la sociedad colonial, que pudieron rechazar, por ejemplo, el proceso bélico independentista que propuso Simón Bolívar en su época? ¿por qué los libros de historia no refieren nada de estos testimonios? ¿no existieron? ¿no hubo tiempo y disposición para albergar dudas sobre esta temeraria empresa? ¿las condiciones históricas y sociales de los acontecimientos de la época no pudieron albergar aprensiones en relación a que la única salida para esta separación de la monarquía española tenía que ser el conflicto bélico? 

Ana Teresa Torres en su libro “La Herencia de la Tribu” en el capítulo de inicio, parte de un ejercicio reflexivo propuesto por el político y abogado venezolano ya fallecido, Ramón Escovar Salom, que a la luz de lo ya acontecido puede parecer inútil, no creo que sea así y la misma autora lo reconoce, sin embargo no deja de ser un ejercicio de imaginación interesante…

   ¿Qué hubiera sucedido si la idea del ilustrado conde de Aranda, ministro de Carlos III y Carlos IV, de crear una suerte de commonwealth con las naciones americanas hubiese tenido éxito? 

Lo imagino y me extasío en un escenario donde toma parte el diálogo entre las partes involucradas,  donde una de ellas (la sociedad colonial) expone su inconformidad al no ser reconocida en el Estado Español, que solicitan formalmente una enmienda a la Constitución de Cádiz de 1812 donde todos los nacidos en América, incluidas las personas provenientes de África estuvieran equiparados en derechos con los peninsulares. Este ejercicio hacia atrás en el tiempo ofrece otra perspectiva, tal como lo refiere Torres en su libro, tomando como base la opinión de Escovar Salom, donde a juicio de éste último el conflicto bélico para dirimir esta inconformidad habría pasado a segundo plano, abriendo otro escenario futuro alejado de éste, donde una separación gradual y pacífica de estas Repúblicas que desean ser independientes del poder monárquico español estaría perfectamente en el tapete diplomático. ¿Ingenuidad, exabrupto engañoso? El ejercicio que se propone a estas alturas de los tiempos y después de tanta historia corrida, no tiene más intención que destacar la posibilidad de desligar esa ecuación maliciosa que vincula por estos predios a toda Independencia con la guerra y que como bien expresa Torres está “soldada en nuestro imaginario”.

Volviendo entonces a la idea planteada más arriba acerca de si existieron voces que desde el anonimato pudieron no estar de acuerdo con la separación de nuestro país de la monarquía española, puede que esté equivocada en ese sentido en cuanto a que sí existen esos testimonios,  sin embargo solo puedo traer al presente lo referido en algún escrito cuya autoría no recuerdo con claridad, que señalaba a la hermana del Libertador María Antonia Bolívar Palacios, como uno de esos personajes contrarios a las pretensiones separatistas de su hermano.

Entonces vuelvo a la interrogante curiosa ¿cómo nos leerán en el futuro? ¿cómo interpretará la historia este estropajo de país en un momento histórico presente tan trágico para los destinos de la nación?  ¿cómo los vencidos de las elecciones presidenciales del año 1998 podemos esgrimir argumentos y testimonios férreos que resistan el devenir del tiempo, donde la escritura o la voz almacenada, contribuyan a elevar nuestro desagravio, cuando alertamos lo más que se pudo a todos aquellos connacionales que sintieron  la oportunidad de cambio en la figura de un militar y para más golpista? Este espacio y muchos otros son testimonio de ello, así como los ríos de tinta que circulan a través de libros, artículos y ensayos.

El punto es que no tengo claro en este momento, cómo a través del tiempo superaremos como nación, esta cultura de la soberbia y la arrogancia a través de una bota militar que asoma en las mentes de muchos, que concluyen que la solución de todos nuestros males está en el conflicto armado, el arrebato a la fuerza de la institucionalidad, el desprecio a las prácticas que establece la constitución para el equilibrio de poderes, la imposición de verdades absolutas, la negación del consenso y la conciliación. 

Siento que ese periodo que se tiñe de dorado para muchos, me refiero al periodo posterior a la caída del dictador Marcos Pérez Jiménez, donde el modelo político se caracterizaba por la democracia representativa, no lo fue tal, todos y cada uno de los políticos que gobernaron al país en sus respectivos ejercicios presidenciales, estuvieron amenazados por la conjura militar, incluso uno de ellos figuró en un plan siniestro de asesinato al estilo Anwar El Sadat, el presidente egipcio asesinado a principios de la la década de los ochenta durante un desfile militar (por si acaso, no me refiero a Rómulo Betancourt), en ocasión de la celebración de esas fechas patrias que tanto gustan ensalzar por estos lados. 

Es así que el revanchismo de algunos en el sector civil y la renuencia del verde oliva a ser dirigidos por civiles, ha conformado un caldo pernicioso de ambiciones, traiciones y trampas. La puñalada trapera siempre estuvo a la orden del día en los cuarteles, en algunos casos ya era ejercicio común dentro de las prácticas que se cumplían dentro de la institución de formación militar. Con el dinero de todos los venezolanos se sufragaron en esos cuarenta años de bipartidismo político, rebeliones, adoctrinamientos ideológicos  en Cuba, Irak y Libia, además del continuado menoscabo al erario público al momento de adquirir armamento o equipos miltares para las distintas fuerzas, donde la transparencia por lo general en esos asuntos no fue la moneda corriente. Práctica última que se arrastra desde comienzos del siglo XX.

Todo lo expuesto en el párrafo anterior no ha hecho más que reafirmar la animadversión que desde muy pequeña, siento hacia la fuerza militar. Entiendo que no puedo generalizar, tengo gente querida que se formó allí y que no comulga con estos criterios de ambición de poder, sin embargo debo reconocer que son muy pocos, de lo contrario la inestabilidad de los cuarteles y la ebullición constante de los conjuradores a lo largo de nuestra historia ¿republicana? no habrían encontrado campo fértil para sus lamentables argucias y desvíos golpistas. 

 A criterio de la abogada y escritora venezolana Thays Peñalver, autora del libro “La Conspiración de los 12 golpes”, un estudio científico basado en documentos y material videográfico de los hechos que desembocaron en la ascensión al poder de Hugo Chávez Frías, los militares venezolanos en su gran mayoría son “políticos armados”, unos políticos camuflados por la conjura y la ambición de poder, que abrigaron la instrucción militar como el medio para de una manera rápida ascender dentro del estatus social tal como ocurrió en la época de los héroes patrios, con el añadido de hacerse del control del estado por la fuerza, subvirtiendo el orden establecido e imponiendo desde la corriente ideológica que los domina, el cobro de una factura que data de la época independentista, una gesta libertaria que siempre estará inconclusa y por hacerse, porque Simón Bolívar es la figura comodín que justifica revanchas, rencores y resentimientos, al reconocerlo siempre como el héroe traicionado por unos hijos torpes que nunca estarán a la altura de sus hazañas.

Puedo concluir de forma muy particular que esto es un lastre muy grande para cualquier país,  una carga que necesita ser reconocida en su justa dimensión para administrarla desde la acción del desahogo, el dejar ir, el disminuir, el tirar por la borda tanto delirio desbordado que ha ido mutando en peligrosos cultos a la personalidad. Un peso que ha sido impuesto por una historiografía que pretende obligarnos a una filiación de carácter y compromiso  para ser reconocidos en este país. “Todos somos hijos de Bolívar” gritan desaforadamente algunos y algo dentro de mí se quiebra cuando escucho semejante arenga. Me niego rotundamente a esta filiación, sé cuáles son mis raíces y las referencias a los héroes de batallas en campo abierto en tiempos inmemoriales, no forman parte de mis coordenadas de vida aunque sí puedan ser eso,  mis referencias, nada más.

Leo la historia de mi país y la alusión principal es un héroe bélico y sus acompañantes, no puede existir testimonio de ritmo vital en la patria si éste no es engendrado por la sangre derramada de los próceres independentistas o por el ideario político del Libertador. El ciudadano de a pie, el que transita el territorio nacional desnudo de proezas épicas es observador ajeno y sumiso ante el poderío de estos hombres extraordinarios, es por ello que sigo preguntándome ¿lo superaremos algún día? Cada plaza importante de las ciudades de mi país niegan esa posibilidad, el signo monetario lleva el nombre del guerrero nacional, una moneda que ahora se arrastra ante el atropello continuado de un gobierno irresponsable y errático. Los monumentos de importancia, la infraestructura que edifica a las ciudades en algunos casos lleva igualmente el nombre de este padre de todos. ¿Es lógico concebir un país así?

Me resisto a ello, insisto en la civilidad, en el aporte del ciudadano común que debe enfrentar el desafío histórico de construir una historia alejada de batallas e incursiones guerreristas, esa perenne batalla donde la acción principal es imponerse al otro a través de la fuerza de las armas, solo analicen las consignas de los medios públicos de información, secuestrados por la barbarie del proyecto político bolivariano, para confirmar esto. 

Creo en la palabra justa, creo en el mensaje que promueve a la creación, creo en la idea que lacera muros inflexibles, creo en el intercambio productivo de posturas y pareceres, creo en el conocimiento, creo en el esfuerzo concentrado para desplegar potencialidades y fortalezas para resolver nuestros grandes problemas nacionales desde la convocatoria a los más preparados para ello. Creo en el individuo como hacedor de su destino.

Venezuela ha engendrado a innumerables “héroes civiles” que no son propiamente héroes, porque al héroe le acompaña una condición sobrenatural que contradice a la humildad del hombre que no aspira a tales pretensiones. Entonces ¿cómo le llamamos? ¿es necesario etiquetarlo? Es posible que no, solo destacar a ese civil, a ese ciudadano consciente de su responsabilidad personal, de su compromiso existencial hacia una causa ajena de rigores impuestos a una celebración del ego, un venezolano, solo eso, que sin la necesidad de esgrimir un arma para intimidar, puede conquistar espacios de trabajo profesional, sin pretensiones de adoctrinar ni sojuzgar. El legado de estos venezolanos es indiferente a los poderosos que nos gobiernan en este momento, solo idolatran a ídolos vacuos que pretenden pasar a la historia como “los vencedores”.

Quiero ser leída de otra manera, no deseo entrar en esa masa informe que peyorativamente llaman “pueblo”, donde los derechos son condicionados a las pretensiones de un proyecto hegemónico que solo desea satisfacer apetencias revanchistas, que amparados en una ideología pasada de moda, oprimen las esperanzas de millones de venezolanos con acciones y verbo que ya avergonzarían a la tan desgastada figura del Libertador. La delincuencia desatada e inmisericorde, esa que pone en peligro la integridad de cuerpo y alma, tiene algunas de sus raíces en toda esta alegoría permanente al atropello y a la violencia.

Mi rechazo es a esos revolucionarios históricos que han venido torciendo con el apoyo de sectores importantes de las fuerzas armadas nacionales, el curso sosegado de una nación hacia el progreso y la modernidad, con el desgastado pretexto de ser los propietarios de una verdad independentista que solo les impulsa a tomar el poder para luego detentarlo desde el autoritarismo y la ferocidad. Sus discursos son elocuentes, sus acciones les delatan. El proyecto revolucionario que nos asfixia ascendió al poder a través de un proceso democrático donde la independencia de poderes establecía los controles correspondientes. Esto duró poco, los revolucionarios han venido cambiando  las reglas del juego a conveniencia y blindándose para repeler lo que pudiera gestarse en su contra, ya que la idea no es servir al país sino  ahogarlo, pasarle por encima, conculcar al espíritu de la democracia.

Tenemos en este momento el gobierno del oprobio, contribuyo con mi escritura a dejar este testimonio, porque a pesar de que existe una mayoría que rechaza el status quo imperante, la anomia que envuelve el tejido social de la nación,  ha impedido que una fuerza imparable de voces clamando por toda esta injusticia, arrastre las ínfulas de los sátrapas.

Desde esta trinchera insistiré una y otra vez en mi rotundo rechazo a lo que pretende instituirse como la voluntad de toda una nación que siente como el futuro le es cercado por ese oprobio.

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