El cuerpo y 2017


Imagen: Alicia Savage

No sé qué ha pasado con mi cuerpo en estos últimos cuatro meses del año, es como si le hubiera caído una especie de sortilegio de circunstancias adversas. He leído y me han aconsejado que es necesario reducir el ritmo de las actividades, no sé realmente cómo hacer eso porque en ocasiones el cambio de velocidades en mi caja de cambios corporal se traba en la velocidad más rauda. O a lo mejor no es la más rápida sino la más intensa, porque se vive en la mente, en la vorágine de  pensamientos que han venido asaltando desde que comenzó el 2017. “Tu cuerpo refleja lo que piensas”, sentencia el enunciado, y solo puedo concluir desde esa afirmación que éste, mi cuerpo, no proyecta tanta locura, tanta exaltación de los sentidos, menos mal, aunque pareciera que las defensas internas que debieran protegerlo de agentes patógenos no la traen de todas consigo. En los últimos dos meses, dos procesos  de virosis parecen contrariar tal sentencia, es que  hasta en uno de ellos perdí la voz. Y mira que necesito hablar con fuerza ante mis estudiantes, porque como acabo de leer en un archivo que contiene un fragmento de uno de los libros de Heidegger (1) citando a Nietzsche en un grito ¡“El desierto está creciendo…”! Y solo puedo preguntarme ¿cómo detenemos este proceso sistemático de destrucción de la tierra fértil? 

Una parte de mi cuerpo, específicamente el manguito rotador del hombro derecho perdió compostura, esto fue cuatro meses atrás, nunca había sentido un dolor como ese, ni durante el proceso de parir a mis hijos pude sentir algo parecido y mira que uno de estos fue gemelar. Un dolor muy agudo, incisivo, impaciente, se apoderó de mi ser, era como si mil agujas se afincaran en toda la zona del hombro y del brazo cuando intentaba asir algo, un ejemplo, extender el brazo para maniobrar con la palanca de cambios del vehículo era una odisea, una misión tortuosa, la dolencia era insoportable hasta en el descanso, mover el brazo era un espasmo consecuente y de sufrimiento acompañado. Nadie debe padecer un dolor como ese.

Iniciando el mes de diciembre, el tacón de mi zapato se volvió loco, no obedeció pisada lógica, es posible que alguna irregularidad en el piso restara estabilidad, nunca me había doblado el tobillo de esa forma, a tal punto que perdí el movimiento necesario para que mi cuerpo se mantuviera erguido, me caí de forma instantánea, es como si el pie izquierdo se hubiera extraviado en su marcha. Logré incorporarme a pesar de todo y a la vista de alguien que me acompañaba y que se sorprendió ante el percance, porque en principio íbamos conversando animadamente. Lo cierto es que ese descuido en el andar derivó en un pie gordo, hinchado, que parecía tener un corazón latiendo en la zona afectada y que molestaba terriblemente. Afortunadamente un analgésico calmó el dolor persistente y pude dormir, lo incómodo era caminar y calzarme. En el primer momento resolví el asunto con una tobillera ligera (no tenía nada más) y luego compré otra con más soporte en los laterales del pie, tipo férula.  Tenía muchas actividades por cumplir, no debí tener ese accidente, redujo mi ritmo notablemente, necesitaba tener el pie en alto, parecía que la zona adolorida era el depósito de todas las presiones diarias. El país no ayuda en nada. Todo es tensión y aprensión.

Hace dos semanas como ya comenté anteriormente volvió una virosis extraña. La asumí como una sentencia, una especie de condena, es posible que esté equivocada, solo que al sentirme nuevamente tan mal, concluí que las defensas de mi organismo simplemente se rindieron ante el enemigo. En un acto público, un concierto navideño para más señas, una mujer resentía de una gripe que ella misma llamaba “fastidiosa y llorona”, estuvo sentada a mi lado durante todo el acto y yo solo podía aceptar mi destino al no poder dejar de respirar, al no tener la capacidad de colocarme una burbuja transparente que sirviera de barrera ante estornudos, toces y maromas con pañuelos. ¡Culpable! Y así mi sentencia se llevó a cabo un par de días después. Un dolor de garganta incipiente fue la señal que fue ampliándose a medida que transcurría el día, en medio de un almuerzo con amigas y licores inalcanzables (reconozco que alguno de ellos fue consumido con hielo, craso error). Para rematar y como para no rendirme ante la agenda que tenía programada para ese día, asistí a un encuentro de cervezas con amigos de lucha cívica, solo que no pude tomar ni una, el malestar general ya hacía estragos en mi cuerpo, sentía quebranto, dolor para tragar y de oídos, cansancio, solo una botella de agua pude aceptar. Es insólito como un estado emocional puede afectar orgánicamente, como taladra tu humanidad, como te vuelve un sujeto a merced de escalofríos, presiones de pecho, líquidos nasales, ardores en el cuello. Mi madre y sus desasosiegos han calado en mi psique. Venezuela y su dramatismo diario, carcome.

Mi cuerpo en estos últimos cuatro meses es el reflejo de un año triste, decepcionante, cargado de una derrota que aplastó las aspiraciones de ciudadanía como colectivo. La barbarie se impuso con el peor de los recursos, la fuerza de la violencia tanto física como emocional. Más de cien personas, jóvenes en su mayoría, no pudieron finalizar este espacio de tiempo de doce meses, a mitad de camino fueron emboscados. Es así que en ese lago oscuro en el que se ha convertido el país, debo aprender a moverme para no  naufragar, debo estar atenta a las señales que iluminen, encontrar la forma de reducir al mínimo el efecto de ese influjo oscuro cuando rodea a las nobles embarcaciones de expectativas, porque es una suerte de dementor que obra en las sombras, que acecha al hombre de bien para aniquilarle. Pienso en la terquedad de la perseverancia y del fuero interno, como varita mágica a blandir.

El hombro desubicado y su dolor infinito, el tobillo sin estabilidad con su hinchazón consecuente, los procesos virales con sus cargas de líquidos, pesares, escalofríos, ardores y enmudecimientos, representan escenarios adversos de cómo se somete a un organismo entero a la angustia, a la ansiedad, a la desesperación de no contar con lo más elemental…la autonomía. Ese es el Leviathan que ahora reina en Venezuela.

Continuamos dando la pelea en el periodo que se avecina, no existe otra alternativa ante la injusticia del salvaje poder y la barbarie. 

Que todas las células del cuerpo así lo entiendan.



1.- Martin Heidegger ¿Qué significa pensar? Disponible: 
[https://www.scribd.com/document/241370778/Heidegger-Martin-Que-significa-pensar-pdf]


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