La Dignidad y el conflicto universitario venezolano.-


Comienzo con un extracto del libro El olvido que seremos de Héctor Abad Faciolince, escritor colombiano. Extracto contextualizado en una realidad familiar, donde el sueldo del padre como profesor universitario por ser muy modesto, obligaba a la madre a la responsabilidad de trabajar fuera del hogar para de esta manera compartir los gastos, con esta decisión se superaban algunas carencias dentro del presupuesto de casa y permitía que la vida digna por la que siempre se lucha, no se convirtiera en una expresión hueca:

La seguridad económica que ella la daba a la familia, le permitía a mi papá ser consecuente hasta el fondo con su independencia ideológica y mental. En eso también lo ideal y lo práctico hallaron siempre un complemento y una armonía que fue para nosotros la imagen, tan poco frecuente en esta vida, de la pareja feliz. Por este ejemplo de los dos, mis hermanas y yo sabemos, hoy en día, que hay un único motivo por el que vale la pena perseguir algún dinero: para poder conservar y defender a toda costa la independencia mental, sin que nadie nos pueda someter a un chantaje laboral que nos impida ser lo que somos.(*)

En muchos programas de gobierno o en aquellas propuestas que persiguen reivindicaciones económicas, por lo general puede encontrarse términos como vida digna, vivir dignamente, ser una persona digna. Entonces, dada la invocación del término de forma persistente, sobre todo en estos últimos días en el pais, me pregunto ¿qué es la dignidad? ¿qué implicaciones tiene su significado? ¿cómo se percibe su inmanencia al ejercicio de vivir?

Sin entrar en el aspecto meramente semántico, la dignidad sugiere respeto hacia uno mismo, asertividad, confianza desde el interior de nuestro ser, además de una amplia claridad de criterio para defenderla. Ser digno es un merecimiento muy vinculado a la propia existencia, porque propone mirar hacia el entorno que nos rodea con seguridad en ese potencial que abrigamos muy dentro de nosotros mismos para resolver circunstancias ordinarias o extraordinarias durante el transcurso de nuestra vida. Quebrar esa seguridad de forma deliberada por parte de agentes externos que solo persiguen sumisión o esclavitud, atenta contra los más elementales  derechos del individuo, los artículos 1 y 2 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos son enfáticos en ese sentido.


La dignidad está muy vinculada igualmente al honor, a ese sentir que alejado de la prepotencia o soberbia, promueve equilibrio emocional y tranquilidad de principios en el accionar diario. Esto es lo que precisamente se pretende vulnerar en este momento con el conflicto universitario que se desarrolla en las universidades autónomas, cuando un Estado distorsionado, enfermo de poder, se amalgama con el gobierno de turno, para cercar posibilidades de ejercer precisamente esa dignidad profesional o de vida de todos y cada uno de los integrantes de una comunidad universitaria que no comulga con hormas ideológicas que pretenden imponerse para marginar, excluir …dividir.

El profesor Angel Lombardi de la Universidad del Zulia en un artículo de reciente publicación en el portal web “País Portátil” (3), resume este asalto a la dignidad universitaria por parte del gobierno actual en tres puntos principales:

1) El “ninguneo”.
2) Violación a la Autonomía Universitaria.
3) El aliento a una auténtica “guerra civil” que enfrenta a toda la comunidad universitaria, demostrando así cómo la anarquía y el sin sentido, son los elementos más característicos que ofrecen hoy por hoy, los espacios  en las casas de estudio superior que son díscolas a los preceptos que desde una doctrina única, se pretenden imponer.

Como mencioné anteriormente, el Estado se sabe todopoderoso y es desde esa postura arrogante que actúa para llevar a cabo el “ninguneo” que se expone en el punto 1, hecho estrechamente comparable al caso que describe el escritor colombiano en el primer párrafo de este escrito. Uno puede imaginárselos (a los representantes del gobierno), asumir el pináculo de la soberbia al saberse los dueños de la plata, el dinero, el capital, por lo tanto magnifican su importancia como actor clave en el desarrollo apropiado de las funciones principales de la Universidad como son la docencia, la investigación y la extensión

Sobre el tema de la Autonomía Universitaria existe mucha tela que cortar, en ese sentido es importante y necesario ser muy autocríticos, ya que la universidad como concepto ha desperdiciado mucha de esta autonomía en su contra, ¿sabemos realmente qué es ser autónomos?, ¿sus implicaciones? me parece que más que derechos, no pueden pasarse por alto los deberes que se originan de su ejercicio. Cuando existe autonomía puedo inferir que ésta se ejerce desde la dignidad y  esto es un punto de altos kilates dentro de esta lucha reivindicativa y desigual con el gobierno.

Sobre este tema de la autonomía, quisiera realizar un ejercicio vinculante con el término de universidad pública, mi intención es tomar algunas ideas que aportó el profesor Alfredo Vallota en una reciente charla dentro de la iniciativa de encuentros del portal “Filosofía en la Ciudad” (2). Sobre este concepto de la universidad pública, el profesor Vallota señala enfáticamente que el carácter público de una institución de educación superior no está determinado por el origen de los fondos que la financian, que es la idea más extendida en ese sentido, sino por elementos como: 

El sentido principal de funcionamiento.
El carácter del conocimiento que producen y trasmiten.
Las acciones que asumen y realizan dentro del campo de la academia y administrativo.
Los términos en que asumen sus propósitos y la forma en que valida sus acciones.
La manera de asumir sus reglas de funcionamiento, la manera de asumir su historia.

Para Vallota la autonomía universitaria se sirve de la cultura y la ciencia, factores que sobreviven en principio, mucho más allá de los gobiernos, considerando a su juicio, que las relaciones que se manifiestan de grupos de poder dentro de  los ambientes académicos como es el empresarial, el estatal, las corrientes new age, la presencia de algunas sectas con carácter religioso, el ejercicio laboral de empleados y obreros dentro de una cultura organizacional que exhibe mediocridad y falta de estímulos, entre otros, demuestra que demasiada gente exige voz y voto dentro de los recintos universitarios.

Por otro lado, la disponibilidad del estudiantado en general al aprendizaje  afecta de manera muy importante la misión más genuina de la universidad y particularmente observo con mucha inquietud como dentro de las reivindicaciones de todo tipo que pueden plantearse en un momento histórico determinado, el conocimiento por lo general queda sobreentendido más no destacado. 

Agregando un poco más sobre este asunto de la autonomía, Vallota resume sus planteamientos en una cita del pedagogo italiano Xaviero Fausto de Dominicis (1845 – 1930) quién indicó en su momento, que “ninguna universidad será autónoma si es universidad de Estado”, entonces, queda más que claro que el término ofrece mucho para reflexionar y sé que contaré con una buena exposición de motivos sobre este tópico, a través de un profesor amigo que está preparando un ensayo que promete ser revelador y con el que pienso enriquecer aun más mi apreciación sobre el concepto.

Acerca del punto 3 expuesto por Lombardi en cuanto a la situación de desorden y caos que ofrece la universidad en estos momentos, realmente inquieta que dentro de los actuantes naturales que pertenecen a la comunidad universitaria, no exista un núcleo central que les agrupe, alejado de las posturas dogmáticas o el pensamiento férreo que en principio debe imponerse. El principio “amoroso” que propone Vallota en su exposición no es descabellado, es decir, dentro de la universidad debe existir un vinculo genuino entre el facilitador del conocimiento presto a compartirlo así como la buena disposición del estudiante para recibirlo y aprender, esto es en esencia, el punto de partida  de cualquier experiencia de enseñanza y aprendizaje.

Partiendo de lo anterior y dadas las circunstancias actuales además de la forma cómo el gobierno está exhibiendo su poderío económico para fracturar la necesaria lucha por la dignidad de una universidad más autónoma, no tengo claro hasta qué punto es conveniente mantener una suspensión de actividades académicas (personalmente, no estoy de acuerdo con este tipo de medidas, el contexto histórico demanda otro tipo de iniciativas para las que se necesita pensar y reflexionar) que a todas luces compromete nuestro recurso más valioso, las futuras generaciones de ciudadanos que deben pedir paso para tomar las riendas de un país que clama por mejores oportunidades a través de su talento humano. 

El compromiso es enorme e involucra y compromete a la sociedad entera en ese sentido, una sociedad polarizada, escindida, atomizada, que pugna por superar sus diferencias en términos de salvar su propia coexistencia. La defensa de nuestros principios deben desarrollarse dentro del marco de la racionalidad y la creatividad, por ello es importante sopesar con mucho cuidado las acciones radicales, porque solo ofrecen una perspectiva muy reduccionista de la realidad. En momentos como estos la paciencia se constituye en la mejor opción para todos aquellos que abrigamos un mejor escenario para las propuestas de cambio y transformación. 



1) (*) Abad, Héctor. El olvido que seremos. Editorial Seix Barral. Barcelona. España. pp.122.

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