¿Ir en sentido contrario? ¿En serio…?



En alguna parte me tildaron de reaccionaria, no creo que llegue a esos extremos tan radicales, sin embargo debo reconocer que respondo enérgicamente ante la injusticia y la mediocridad, así también lo hago ante la complacencia exagerada de algunos ante situaciones infames, igualmente respondo de forma crítica ante  la arrogancia del poder político y económico que no necesariamente viene exclusivamente del gobierno. El status quo puede ser un quebradero de cabeza que debo gestionar hábilmente, especialmente porque vivo en un país tropical que alardea demasiado de muchas cosas que no son ciertas y que de paso ni siquiera ha sopesado con profundidad. Lo que estamos padeciendo y de manera patética se ve en cada rostro que nos topamos en la calle, esta época decembrina ha sido el mejor termómetro para colocar de manera visible el ánimo generalizado de la ciudadanía. Vilas Matas sostiene en uno de sus libros que los latinos (incluyendo a los españoles) llevan muy arraigado aquello de tomárselo todo muy a la ligera, que las situaciones por lo general se gestionan como vengan y no es necesario reparar en éstas con muchos  ejercicios reflexivos. Es cierto, lo vivo cada día y eso me ha llevado a asomar una tímida conclusión…nací en el país equivocado, porque no entiendo tanta superficialidad para afrontar los grandes desafíos nacionales, porque la huída, el esquivar, o simplemente mirar hacia otro lado, son acciones que observo con recurrencia, pareciera que es un ejercicio extraordinario  ponerse a pensar y cavilar.

Escribir es una de las actividades que asumo en ese proceso de pensamiento y cavilación, es un ejercicio de liberación, además me ayuda a administrar y comprender este entorno tan difícil que se vive en Venezuela, porque ese ambiente tan hostil llega a inmiscuirse incluso en tu ecosistema inmediato y esto genera terribles situaciones de incomprensión en tus seres queridos. Creo que he tomado un camino peligroso e irreversible porque no lo puedo abandonar ¿razones? no doy nada por sentado cuando la afirmación que viene del otro lado solo pretende acomodar mi juicio, a una convocatoria que no necesariamente asume la responsabilidad personal de quien la demanda. Es muy fácil hacerte partícipe de una idea que pretende allanar el camino para resolver o atender una situación de conflicto y dejarte luego a la buena de dios cuando es necesario puntualizar en temas que causan mucha alergia. 

En esto de las alergias conozco muchas personas asépticas, pueden hablar mucho como pueden hablar muy poco, en general están en la segunda categoría, la reserva y el comedimiento pueden ser armas muy buenas para generar confianza y respeto, solo que a la larga se les notan las costuras porque al solicitárseles la intervención o la participación activa, casi de inmediato emprenden una huida muy sutil y hasta acomodaticia, desentendiéndose del asunto sin ensuciar la ropa con mancha opinática alguna, porque el miedo a la infección que altere esa apreciación generalizada de mantener la distancia que siempre establecen sobre temas que obligan a tomar parte de alguna postura, eso les causa un efecto inmediato de dispersión.  Es patético realmente…

¿Por qué todo lo anterior? Es que el título de este post va en contracorriente y no sé si a lo mejor yo no sea el mejor ejemplo de ello, porque en ocasiones he cedido ante las presiones ya que la estabilidad emocional no puede desestimarse nunca, ahora ¿hasta qué punto?  No todo se reduce a caminar dentro de un colectivo en específico sin expresar nuestro fuero interno en aras de mantener la necesaria cordura. Es posible que la respuesta esté en el paisaje resiliente, manejar la adversidad sin perder la esencia, solo que no todos estamos hechos del mismo material. Voy en sentido contrario a la generalidad cuando me deslindo de una opinión que es natural y se da por sentada porque es el lugar común de las cosas. Un colega de trabajo en una conversación casual mencionaba que cuando se es joven tener un pensamiento de izquierda era algo natural, yo me quedé pensando sobre el particular porque visto lo visto, realmente no sé qué es tener un pensamiento de izquierda, porque los entendidos hablan de muchas izquierdas y es allí donde puedo entrar en confusión pasmosa. Eso de que pueda haber una izquierda primitiva, una izquierda modernizadora, una izquierda marxista, otra izquierda que reivindica a Lenin solamente, otra izquierda latinoamericana afianzada en la revolución de los barbudos en Cuba, es un tema que de manera global puede crear situaciones no muy claras para aquellos que se dicen de izquierdas. Particularmente no me gustan las etiquetas y si de joven lo natural por ser latinoamericana era comulgar con la revolución de los Castro debo decir que no operó de esa manera en mi pensamiento político de la época, muy escaso por cierto, sí puedo afirmar  que más allá de influencias o referencias sobre el tema, fui muy observadora ante situaciones que me circundaban y que me llevaban a muchas interrogantes. 

En mi tiempo de adolescencia y juventud la world wide web era un pensamiento ilusorio, de ciencia ficción, es así que mis ansias de estar conectada con el mundo las saciaba con un radio de antigua tecnología de mi padre y desde allí podía escuchar por ejemplo a la radio alemana Deustche Welle, en esta radio había un servicio para el público hispano parlante y allí se anunciaban personas que deseaban igualmente estar en contacto con el mundo a través de la filatelia o un simple intercambio epistolar. 

Es así que periódicamente recibía listados de esta radio alemana donde aparecían jóvenes de todo el orbe interesados en mantener contacto con otros jóvenes solo para conversar acerca de cultura en general, música, deportes y otro tema que pudiera surgir. Esta aventura me costó que regularmente le pidiera a mi padre dinero para comprar hojas especiales para escribir cartas, también se añadía a la lista sobres de envío que hacían juego a las hojas, hasta en la onda de bolígrafos de colores me sumergí, era descomunal el volumen de correspondencia que recibía, tanto fue así que convencí también a mi padre para rentar un apartado de correos en una oficina postal  que se encontraba muy cerca de mi casa. Era toda una ilusión asistir allí y recoger todos aquellos fajos de papeles de diferente tamaño que contenían tanta vida, tanta experiencia cotidiana, tanto deseo por descubrir. Recuerdo a una señora de carácter muy adusto al atender a las personas que acudían a esta oficina postal, sin embargo, cuando me veía llegar se le iluminaba el rostro para anunciarme que tenía un montón de correspondencia por retirar. Era mágico ese momento, era mi facebook de la época.

Dentro de todos esos jóvenes que escribían, había un médico cubano, recibir sus cartas era toda una experiencia, era de la provincia de Ciego de Ávila y trabajaba como médico en Santiago. Me advertía entre líneas lo peligroso que era escribir más de la cuenta sobre temas espinosos relacionados a la política y que toda la correspondencia de manera selectiva era revisada.  Sus escritos y la denuncia implícita entre líneas de todas las limitaciones a las que se veía sometido como ciudadano en Cuba, traían como consecuencia inevitable contrastar su realidad con la mía. En una oportunidad me atreví a enviarle un cassette de música venezolana, nunca le llegó, el bulto fue tomado como sospechoso pude inferir, el amigo me respondió en términos de un extravío circunstancial, que no desaprovechara mi esfuerzo en enviar cosas que lamentablemente nunca llegarían a destino. Me enojé con todo ese sistema absurdo de limitaciones y sospechas infinitas.

Este amigo médico ansiaba salir de Cuba, se sentía ahogado, asfixiado por el sistema, por la imposición permanente, por la injusticia que palpaba cada día. En una de sus cartas me comentaba que debía irse a El Salvador, la revolución apoyaba lo que políticamente sucedía allí y él debía ser fiel a los principios revolucionarios acudiendo como parte del personal médico que estaría allí asentado, negarse era una condena inmediata. Fue duro para él tal periodo, a partir de allí nuestros intercambios por carta se espaciaron, el tiempo iba en su recorrido impenitente trayendo consigo nuevas experiencias en mi caso, la universidad, los nuevos amigos, la exigencia de los estudios, mudarme a otra ciudad, en fin, perdí un poco la regularidad de nuestras comunicaciones escritas. 

La memoria me falla en algunos detalles, solo supe que pudo salir de Cuba, desconozco cómo fue toda la logística, además se casó con una ciudadana argentina y hasta el último contacto por teléfono que tuve con él, allí vivía. Guardo como recuerdo una fotografía con su esposa y el escritor Ernesto Sábato. Me confesó que había tenido como alternativa venir a Venezuela, solo que el tufo revolucionario que despedía Hugo Chávez en su campaña a la presidencia, le advirtió que no era la mejor elección y estuvo en lo cierto. Ha sido muy triste para mí vivir en carne propia en estos tiempos lo que padeció este amigo cubano cuando iniciamos nuestras conversaciones por carta, miro hacia atrás en la distancia del tiempo y observo a esa jovencita que le parecía imposible desde su pequeño mundo que algo así pudiera suceder en su país. ¡Ilusa! Fidel Castro siempre tuvo en la mira a Venezuela como una aspiración de colonia ideológica en la región, que además le sirviera con todos nuestros recursos para que su proyecto político se mantuviera en el tiempo. 

Paralelamente al intercambio por correspondencia que tenía con este médico, en el bachillerato establecí una relación de amistad muy estrecha con una chica cuyos padres tenían una fuerte relación con Cuba. El padre o mejor dicho el padrastro había nacido en Cuba y la madre era española. La amistad estrecha permeó a ambas familias, a tal punto, que mis padres me permitieron ir a España con ellos luego de finalizado el bachillerato. El caso es que luego de la revolución cubana el padrastro de mi amiga llegó a Venezuela con sus padres, huyendo de todo lo que la mentada revolución prometía y se instalaron en una finca en Santa Teresa del Tuy, trabajaron muy duro y pudieron asentarse en esta tierra. En más de una oportunidad escuchaba la odisea para enviar cosas a Cuba a través de la madre de mi amiga quien viajaba libremente a la isla. Las cosas iban destinadas a la hija o la hermana que quedó allí y por supuesto a los sobrinos o nietos. Me sorprendía escuchar historias tan rebuscadas para llevar un simple pantalón blue jean, jabones, shampoo, crema dental. La música extranjera estaba prohibida, los Beatles estaban prohibidos, los Rolling Stones estaban prohibidos ¿cómo podía suceder eso si yo escuchaba en Venezuela lo que me diera la gana?  ¿cómo había cabida en un gobierno a tales prohibiciones, si en mi mundo todas esas cosas tan simples estaban a la mano? Era finales de la década de los setenta.

El abuelo muere en Venezuela después de algunos años y la abuela siguió al frente de sus tierras, haciéndose mayor, hasta que el hijo decide irse a España de manera definitiva a mediados de la década de los ochenta y a la abuela se le mete entre ceja y ceja volver a Cuba, no tenía nada que perder y mucho que ganar al reencontrarse con su hija, quería morir en su tierra. No fue fácil esa repatriación, nos contaba la mamá de mi amiga que para la revolución una persona mayor ya no era de interés y menos en las condiciones de salud que estaba, la reunión familiar después de tanto tiempo, no era algo a tomar en serio por parte de los funcionarios encargados de dar la autorización de ingreso. No se desanimaron, insistieron e insistieron, una y otra vez, hasta que alguna vía cedió, la abuela llegó finalmente a Cuba. Con este acontecimiento aproveché para enviar algunos obsequios a mi amigo médico. Concluí entonces que la tan mentada revolución no era tal como la pintaban y como la vendían sus protagonistas. Ese mar de felicidad me parecía que no era tal.

Recuerdo en este momento el último año de bachillerato, había que realizar un proyecto de investigación en la materia de biología, francamente no tenía la menor idea de qué tema podía desarrollar y es así que apelo a la experiencia de mi padre y éste a su vez establece contacto con un amigo colega, profesor universitario, que además fue compañero de estudios en la Facultad de Agronomía de la Universidad Central de Venezuela. El profesor estaba desarrollando una investigación con cultivos hidropónicos (cultivos sin tierra) y fue inmediata entonces su propuesta para que ahondáramos desde nuestra propia experiencia de estudiantes imberbes, lo que significaba sembrar vida a través de una semilla que germinaría en un medio compuesto por fibra de coco, aserrín, vermiculita y algunos otros compuestos que no recuerdo en este momento.

Bueno, la idea no es hablar de la hidroponía sino del efecto contracorriente, muy bien, volviendo del sitio donde estaba montado el experimento, algo así como un invernadero, el amigo profesor nos viene contando historias asociadas a su experiencia como docente universitario, dado que minutos antes nos tropezamos con algunos estudiantes en actitud algo desdeñosa dada la apariencia que demostraban, barba frondosa, pelo largo, ropas holgadas, en fin, a mi me parecieron de esos hippies que protestan por todo. Eran revolucionarios nos contó el profe, de esos camaradas apegados a la figura del Ché y a todo lo que la revolución cubana significaba. La emblemática imagen del barbudo argentino la ostentaban de manera clara en algunas de sus camisetas y también podía apreciarse en algunas paredes de la facultad.

El profesor luego de que visualizamos la escena donde claramente los estudiantes repartían panfletos para reivindicar su postura ideológica, el amigo profesor nos aleccionaba como un padre, advirtiéndonos acerca de lo triste que era observar niñas ingenuas como nosotras que ingresaban a la facultad e inmediatamente eran presa fácil de estos revolucionarios, las niñitas de poco mundo como nosotras en ese momento, eran la oportunidad perfecta para el adoctrinamiento y el seguir a ciegas una serie de principios políticos de acción para los fines perseguidos, que a ratos se apreciaban anárquicos. No sabía a ciencia cierta la distinción especial que nos caracterizaba, solo que luego entendí que el antecedente de provenir de un colegio de monjas pudiera establecer un vínculo inmediato entre inocencia e ingenuidad.

Me asustó realmente ver aquello desde lejos, chicas en actitud displicente, descuidadas, haciendo compañía a sus contrapartes masculinas en acciones que parecían no tener mucha relación con la razón principal de estar allí…estudiar. Y a la simple alusión de que algunas de ellas incluso habían desbaratado planes de vida al quedar embarazadas de alguno de esos especímenes, pues me colocó en  alerta expectante cuando ingresé formalmente a la universidad.  Entonces pudiera decir que este profesor amigo fungió de alguna manera con sus historias de estudiantes revolucionarias, en una de mis primeras influencias para no sucumbir fácilmente a ese virus izquierdoso al estar en contacto con él. Ingenuidad mía verdaderamente, porque alterar planes de vida no tienen que venir exclusivamente de posturas de izquierda, solo que la estética revolucionaria realmente me impactó de una forma no muy agradable.

Al entrar a la universidad el ¿ritual de bienvenida? me sumió en angustia permanente los primeros días, eso de que te aborden para invadir tu espacio personal e incluso violentarlo al sujetar tu cuerpo para ser vilmente pintarrajeada en la cara, no lo asumí con naturalidad. Escuché historias terroríficas de compañeros de estudios que pusieron en peligro sus vidas al subirse a los techos de los edificios de aulas para huir de la bandada de desadaptados que tijeras y máquinas de afeitar en mano, asumían como una “cuestión de honor” rapar las cabezas de los nuevos estudiantes de forma hasta brutal. Observé a muchos de mis amigos correr, huir de las mil y una manera posibles, incluso exponiendo su integridad física. Al final para no darle el gusto a los humilladores se rapaban voluntariamente y de esta forma no entraban en el juego de motivaciones sádicas  que estos individuos exponían sin ningún pudor. No he terminado de entender este ritual si es que todavía persiste en algunas instituciones universitarias. Es horrible, humillante…un vejamen en todo el sentido de la palabra.

Tristemente ese vejamen no pude eludirlo, en las propias puertas de la que sería mi futura escuela en la especialidad de la Ingeniería Industrial fui agredida por unos cuantos facinerosos que en su lenguaje corporal me paralizaron en una suerte  de círculo infernal del que no pude liberarme. Ya cuando estaban prestos para su fechoría y llegaron incluso al intento de pintarrajearme la cara con marcador de tinta indeleble, apareció como ángel salvador una profesora de la cátedra de Gerencia, muy apreciada por cierto y ya fallecida también, quién disolvió el intento de agravio regañando de manera muy fuerte a la estupidez colectiva y retándolos a que se retiraran de su vista; luego del desalojo me miró y me conminó a ir al baño para lavarme la cara. La humillación que sentí fue indescriptible, el llanto fue el único desahogo.

Hoy todavía al escribir esto recuerdo la cara de sádica satisfacción del individuo que haría la faena en mi cara y en ese tiempo solo intenté conocer qué hacía, dónde estudiaba, a quiénes frecuentaba, porque mi indignación era indescriptible. Pude indagar que era un “estudiante profesional” de la escuela de Ingeniería Eléctrica, tenía ya más de  cinco años estudiando la carrera, además pertenecía a la juventud comunista, pude verlo tiempo después igualmente en esa actitud panfletaria que asombró mi vista en el episodio que más arriba describí en la Facultad de Agronomía de la UCV. A ese chico lo odié mucho en ese momento, ahora no sé que siento, solo sé que fue otra razón para no sucumbir ante ideas políticas de cualquier tipo de izquierda. Nuevamente ingenua y con una parcial visión de la realidad, porque la maldad puede venir de cualquier lado, solo que en este caso vino precisamente de ese lado izquierdo y lo proscribí.

Lo anterior pudo constituirse en otra de mis influencias para rechazar esa postura que se llama revolucionaria, salvadora de todos los males del mundo, porque se ha erigido a través del tiempo con un discurso engañoso y con la arrogancia en el puño de tener la verdad absoluta para enfrentar la desigualdad y la injusticia, en una promesa permanente que solo alimenta ideales que no tienen respuesta a la realidad circundante, solo hay que mirar la historia para corroborar esto. Al final las utopías mueven el mundo, activan esa historia y agotan a los países en su afán de imponerse sobre otros. Puedo citar una reciente lectura de Ciorán quién expresa:

Creo que la utopía y los utopistas han tenido un aspecto positivo, en el siglo XIX, el de llamar la atención sobre la desigualdad de la sociedad y urgir a remediarla. No olvidemos que el socialismo es a fin de cuentas hijo de los utopistas. Pero se basan en una idea errónea, la de la perfectibilidad indefinida del hombre.

Venezuela está sumida en el horror de la izquierda más primitiva y además apoyada con las fuerzas militares más corruptas que pueda haberse conocido en nuestra historia contemporánea, una izquierda que solo conoce sus propias apetencias y desfigura los principios humanísticos que la alientan. Enarbolar con orgullo que un conductor de autobuses haya podido llegar a la presidencia, manipulando el mensaje hacia escenarios que solo promueven la mediocridad y la cultura utilitaria en detrimento del esfuerzo constante y la superación personal, no puede ser más que condenable y vergonzoso. Ver al que se dice presidente del país en una actitud que descoloca y desvirtúa nuestros problemas más apremiantes en un discurso chapucero, fuera de lugar, y solo buscando la alabanza de los acólitos y de los que buscan protagonismo circunstancial debido al poder que le otorga el puesto que ostenta y que no legitima, es una mancha que desde sus orígenes nos salpica a todos, porque independientemente si es venezolano o no, su representación, su figura, es parte de este país y ensombrece aunque no lo queramos y tratemos de mirar con distancia toda la situación, como si no es con cada uno de nosotros, los que nos oponemos a toda esta ignominia.

Venezuela un territorio difícil de comprender, una nación a la expectativa de tiempos mejores, una nación siempre aspirante a un porvenir más benevolente. La clave está en las cosas sencillas, edificar un discurso que reivindique la vida cotidiana, el convivir armonioso en nuestros entornos más cercanos, la importancia fundamental de las pequeñas cosas, de aquellas tareas que de manera mancomunada construyen sociedades más autónomas, donde el individuo es dueño de su destino y no sometido a artificios propios de sistemas que solo pretenden comprar las conciencias de los hombres para satisfacer ansias permanentes de dominación y poder.

Podemos hacerlo si nos decidimos, trabajo en ello en mi entorno de más cercana influencia, es una tarea que necesita perseverancia y constancia, no es fácil arar en estas condiciones y a pesar de toda esta sombra que oscurece nuestros días cada vez que alzamos la vista a nuestro horizonte, sin embargo, lo peor es quedarnos de brazos cruzados. Nuestra responsabilidad ciudadana estriba en hacer muy bien lo que sabemos hacer y para lo que nos preparamos. Recordar de manera muy sentida las pequeñas cosas.

¡Basta de épicas y héroes! El protagonista prinicipal de la independencia de nuestro país, que tanto es mentado una y otra vez hasta el cansancio y para colmo de males asumido en loca y absurda sugerencia como la reencarnación del líder máximo de todo este despropósito llamado revolución bolivariana, por el bien de nuestra psique colectiva, necesita descansar en paz de una vez por todas.  


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