Un elefante

Fuente de la imagen: desconocida

En días recientes una amiga me comentaba que un enorme elefante se había instalado en su casa y yo no podía creer semejante situación.  ¿Cómo puede un animal de tales dimensiones instalarse en un espacio tan reducido? Consideren que la casa de mi amiga es del tipo “townhouse”, así que la enormidad del especímen apenas le permitía movimiento alguno, entonces…¿cómo pudo entrar?

¿Será que entró en forma de partícula minúscula al quedar la puerta de entrada abierta?  La partícula, escondida en algún sitio poco visible, inició su crecimiento desmedido sin que los habitantes naturales se dieran cuenta de su presencia o a lo mejor no quisieron verlo, cuando lo hicieron, ya era demasiado grande porque les importunaba en sus tareas de rutina o ¿era traslúcido? lo que creaba confusión e impedía detectarle hasta el momento que decidió instalarse en la planta baja de la casa y manifestar su presencia en toda dimensión posible.

El elefante miraba todo y a todos desde el vilo de la sospecha. Su enorme trompa colgaba de forma laxa, parecía un apéndice muerto, solo se movía cuando el mamífero giraba la cabeza de un lado a otro. Cuando lo hacía, su boca desprendía un aliento fétido, humillante al sentido del olfato. Sus orejas estaban pegadas a la cabeza, eran solo forma, no servían para escuchar. Estaba sordo, siempre lo fue. El que escucha no se recluye ni obliga a otros a recluirse. ¿Para qué tenerlas entonces? Solo servían como elemento accesorio, para mantener apego a las formas, todo un desperdicio porque era incapaz de escuchar el dolor del mundo.

Su mirada era lastimera, evasiva, no era diáfana, no era transparente. Mirarle a los ojos era como corroborar que su alma era un pozo oscuro, estaba atrapado, presa de su debilidad y miserias. En su reclusorio obligaba al confinamiento a quienes le rodeaban y no tenían escapatoria posible, a fin de cuentas, ¿cómo irse? eran sus hogares, sus santuarios, sus espacios construidos por años, experiencias vividas en sus retratos, en sus libros, en sus camas, testigos de fervientes pasiones y en otros casos de sacrificada paternidad. Había que soportar a ese animal monstruo, aun sin quererlo, aceptarle sin resignación, porque… ¿cómo se mueve a ese animal de semejantes dimensiones fuera de la casa? ¿Cómo se reduce nuevamente a una partícula microscópica que permita pisarle y echarle como ser muerto? Tiene que haber alguna alternativa…¿Cuál?

Mi amiga y su esposo tragan grueso todos los días desde la planta alta de la casa, solo duermen, solo van al baño, tienen problemas para alimentarse, el elefante impide el paso hacia la cocina, se molesta y ruge si existe la pretensión de empujarle para llegar al lugar donde se preparan los alimentos. En el intento deben someterse al feo olor que expele su boca, es imposible estar allí y manipular las provisiones que quedan. Es necesario entonces salir a buscar alimentos, sorteando lo peor porque la casa está rodeada de una especie de jungla donde los más temibles depredadores merodean ¿Qué hacer? El hambre se apodera del cuerpo y empieza a causar estragos.  Si quieren seguir con vida es necesario tomar riesgos. Buscan sus armaduras y sus lanzas, deberán involucionar y sortear un primitivismo al que no están acostumbrados, tienen que hacerlo, hay que sobrevivir. Todos los días deben enfrentar el potencial peligro que representan  tigres, leones y hienas, éstas últimas no dejan de reír ante el aspecto que presentan con sus trajes medievales. En la búsqueda solo pueden conformarse con frutas como mangos, limones, naranjas  y agua de cactus. Un día, sin esperarlo y haciéndose de todas las fuerzas posibles, finalmente cazan un cochino salvaje a pocos metros de la casa, lo arrastran rápidamente al garaje para evitar que los felinos que pudieran merodear les roben tan preciado alimento. ¿Cómo lo comemos? Nunca han desollado a un animal. Mi amiga siente pánico, un terror  que solo es superado por el instinto de supervivencia en la forma del hambre que apremia. Cierran la puerta del garaje. Entran de nuevo a la casa.

Allí está impasible el elefante, estoico, triunfante, les mira con desdén porque  sigue allí a pesar del espacio reducido. No siente hambre, su apetito solo es saciado por el temor que genera a su alrededor, se alimenta del miedo que genera, no siente pena por su reclusión porque igualmente obliga a otros a un acompañamiento forzado. Sus excrementos producto de la digestión de odio, solo esparcen un maloliente resentimiento.

Mi amiga y su esposo regresan al garaje y deciden trepar la pared que les separa del pequeño jardín interno, desde la ventana que da a la cocina se apropian de cuchillos de carnicero clavados en un rectángulo de madera. Regresan al garaje y  con un esfuerzo sobrehumano logran llevar a la presa al jardín interior, lo desollan de forma torpe y sin pericia, no saben lo que hacen, no saben quitar la piel, trincan, hunden, rebanan, cortan trozos gruesos de carne, retiran los pelos ¿qué son pezuñas? ¿qué hacemos con las tripas? ¿para qué los pulmones?. El animal inerme solo se mueve al compás de un sanguinario sacrificio representado en unos cuchillos que se deslizan a través de su cuerpo.

Ahora es necesario cocinar esos trozos burdos de carne  y para su fortuna en el espacio donde se encuentran resiste una pequeña parrilla y una bolsa sucia con restos de carbón. No hay humedad y sobrevive en condiciones favorables una pequeña caja de fósforo a un lado de las rejillas tiznadas. Cocinan, comen, se sacian, recuperan fuerzas. Dejan sus armaduras y lanzas a un lado, descansan luego del festín.

Cuando despiertan del sopor se preguntan …¿Qué hacemos con el resto de la carne? ¿Cómo la conservamos para que sirva de sustento en los próximos días? Salen del jardín y se acercan a la sala donde se encuentra el animal, lo miran y aprecian como un fuerte golpe en la cara, su actitud retadora, no permite el acceso a la nevera, les amenaza con su laxa trompa al moverla de un lado a otro. El mensaje al mirarlos al observar todo ese quehacer de supervivencia es de vil egoísmo. Su odio es una amenaza constante, su rabia resquebraja su piel más de lo debido y expone severas estrías en carne viva. La presencia cercana de las figuras de mi amiga y su esposo le hace entrar en un paroxismo de rencor inexplicable, delira en espasmos y ruge de forma incontrolable, no soporta la presencia de estos seres que le incomodan hasta la fibra más recóndita de su ser, convulsiona sin caerse dentro de ese espacio reducido porque no sabe caer, siempre debe estar de pie como muñeco porfiado. Mi amiga y su esposo se miran uno al otro y reconocen la salida, solo es necesario mantener la firmeza para darle dosis diarias de letal presencia. Mientras y en un descuido del animal convulso encuentran varias bolsas de sal en la gaveta de un estante cercano. Servirá para conservar la carne restante o estudiar la forma de cómo llegar a la nevera para la que no alcance salarse. Tan solo es la presencia, tan solo es estar firmes.

En ese rincón del mundo muchas casas tienen a ese invasor elefante con su odio a cuestas.

Los habitantes en la medida de sus posibilidades conservarán el alimento, sobrevivirán en la jungla, retarán con la presencia diaria.

En algún momento caerá, el odio será su propio veneno, retumbará en el suelo hecho trizas, solo tendrá la forma de jirones de oprobio que  servirán de alimento a las hienas, las que se nutren de la traición…

Y pasará al olvido… ¿será por siempre?

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