Un cuarto de siglo




En estos últimos días no he hecho más que leer, leo, leo y leo, como una forma de vacunarme contra las parcialidades de las noticias o la información sesgada. No hay  forma, me supera, la realidad se introduce en mis espacios personales y debo reconocer que en ocasiones trata de avasallarme, como tratando de enviar un mensaje claro …la aceptación de un escenario imprevisible, en conflicto, caracterizado por el enfrentamiento de un poder forajido que con un camaleónico performance,  muy propio de estos días de carnaval, pretende demostrar que es pacifista y que desea la reconciliación de toda la sociedad venezolana. No les creo …y no puedo creerles porque estrechan manos de personas que representan lo que resienten o que simplemente les adversan, e inmediatamente al darse la vuelta, al bajar la marquesina del teatro convenientemente decorado para la ocasión, el accionar y el discurso de estos emblemáticos “camaradas” de una revolución disonante y alevosa, estropea inmediatamente lo que las palabras auguraban como efecto rectificador.

No puede haber paz sin un diálogo sincero y efectivo, real, donde en la medida de lo posible se llegue a la mesa de conversaciones desprovistos de dogmas ideológicos que no hacen más que debilitar la conveniente libertad de las ideas. El gobierno insiste en su lenguaje peyorativo, es su punto de honor, supongo como actitud complaciente hacia su ala más radical, pero esto no es el deber ser que mueva la estrategia gubernamental, por el contrario, es necesario, imperativo, colocar la estabilidad política, social y económica de toda una nación por encima de los intereses particulares de un grupúsculo anclado en ideas de venas abiertas y en luchas de clase importadas que desconocen nuestro propio devenir histórico.



Sí, hace veinticinco años, un cuarto de siglo,  sucedió en el país un estallido social que como implacable movimiento telúrico socavó las bases de una convivencia democrática que se encontraba debilitada en su estructura y naturaleza, colocando a toda una nación en el abismo político que nos ha caracterizado todos estos años después de su manifestación. Respeto todas las posturas, interpretaciones, análisis y evaluaciones que se han hecho desde entonces, más allá de todo eso, ese punto negro como tantos otros que existen en nuestra historia política, representó la justificación y el argumento para que aquéllos naúfragos, como los denominó el presidente de la nación para ese momento, desde sus tablas flotadoras, encontraran la manera de llegar a tierra firme con el objetivo en principio de cambiar el status quo, ese bipartidismo guanábana que no supo construir los cimientos de un sistema democrático que se afianzara en una correcta ciudadanía, alejada de contactos, tráficos de influencia y amiguismos.

Sí, ha pasado un cuarto de siglo, y me pregunto ¿qué trae mi memoria al momento presente que pueda aportar algo diferente a todo lo que ya se ha dicho sobre ese acontecimiento social tan desastroso como fue El Caracazo? …creo que nada, solo puedo conformarme con este ejercicio reflexivo, muy personal, que solo persigue, parafraseando un poco al historiador Manuel Caballero, comprender, más que explicar o complacer. Necesito esa comprensión y es muy posible que la vida no me alcance para ello, porque la historia no se detiene y está en permanente construcción. Ahora, quiero asumir esa historia, desde un concepto que esté alejado de un simple memorizar, de un recital hueco que en nuestros tiempos escolares y ante la premura de una mala calificación, obligaba a recordar hechos pretéritos con poco significado para nuestros universos particulares, porque desde una visión positivista no se daba espacio a una correcta interpretación de los acontecimientos descritos. Sí, la historia, ese relato de aciertos y errores que para el historiador inglés Tony Judt, en su última publicación antes de fallecer(1) la asume desde la frase …”La historia es filosofía enseñada mediante el ejemplo”, entonces, ¿qué ejemplo pudo ofrecernos El Caracazo? ¿qué ejemplo pudo ofrecernos el golpe de estado del 4 de febrero de 1992 como respuesta de sus protagonistas, al deterioro social que motivó a ese estallido social de tres años atrás? Protagonistas que se hicieron del poder mediante las reglas del juego democrático y que ahora insisten sistemáticamente en violar para instaurar lo que el país ha venido viviendo desde hace quince años, una hegemonía política.

Sí, hace veinticinco años,  el grito rebelde y en algunos casos inconsciente de muchos ante penurias como la inflación y la escasez, ocasionaron un punto de quiebre del que creo no nos hemos recuperado. Hace veinticinco años, algunos venezolanos como reacción angustiosa a tener que enfrentar una pobreza que se afianzaba día tras día ante una serie de medidas económicas que no fueron suficientemente explicadas ni concertadas, y otros nada más que de puro oportunismo ante la ocasión de tomar sin mayores aspavientos lo que exhibían locales comerciales en las zonas de conflicto, quebrantaron el hilo de convivencia de muchas ciudades y se generó el más profundo y absoluto caos. 

Sí, hace veinticinco años, en un artículo publicado en un diario de circulación nacional, se trataba de explicar a los niños cómo les afectaría la coyuntura económica y las razones de por qué desde el mismo momento del alumbramiento, ese nuevo integrante que se sumaba al censo poblacional ya debía asumir una deuda con el Fondo Monetario Intenacional (FMI). Hoy ví ese artículo (ver enlace: La noche más larga de Hilda Páez) y no pude más que sorprenderme y mi sorpresa viene porque la noche del domingo 26 de febrero de 1989, entré en trabajo de parto. Mi hijo, no debía nacer todavía, según los cálculos  mi vientre le serviría de cobijo unas tres semanas más, pero no, para él o ella, había que salir y no hubo manera de convencimientos. Salí de madrugada a la clínica con algunas molestias y dolores, con la posibilidad de que me devolvieran y que todo se resumiera a un aspaviento de madre primeriza, pues no, la cosa era en serio y había que trabajar ese alumbramiento.


De acuerdo al artículo que reseño en el párrafo anterior, mi hijo nació con una deuda de 1000 $ al FMI, información que evidentemente no le presté atención en ese momento ya que mi momento era otro …ser madre. Mi hijo vino al mundo cerca de las 7 de la mañana de ese fatídico lunes para el país y de esperanzas y buenos augurios para mi familia. A mi hijo lo parí con mucho esfuerzo, ajena a todo lo que estaba por iniciarse en Guatire y Guarenas. Ya estando en la habitación, a media mañana y con mi hijo en brazos, la televisión de la habitación comenzaba a reseñar los disturbios. Recuerdo la llegada de mi padre para informarme que en Maracay, la ciudad donde resido se estaban desarrollando algunos focos de saqueo a algunos comercios, incluso cercanos a la clínica donde me encontraba. Lo demás fue vertiginoso, observar las imágenes dantescas que continuaba ofreciendo la televisión y probablemente con una peregrina idea …¿qué bienvenida le está dando a mi hijo este país, mi país? 


Ese día personalmente fue de un contraste enorme, por un lado llega mi hijo al mundo y por el otro, tantos venezolanos que encontraron el fin del camino para sus vidas, en una jornada que se prolongó por varios días y que disparó el bochorno y la vergüenza nacional e internacional.

Ese día Hilda, también tiene su historia …desde la despedida.

(1) Judt, Tony (2012). Pensar el Siglo XX. Taurus historia. Madrid

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