Democracia sin auténticos protagonistas.-


Inicio con esta interrogante …¿qué es democracia?

En un artículo previo la definí como el poder de las mayorías, en ese momento y de una forma bastante simplista, quise describir aquél sistema de gobierno que debería ser el norte de toda nación que pretenda vivir en paz consigo misma. La verdad es esquiva y como tal obliga a que sea constantemente evaluada y hasta sometida al velo de la duda. Un sistema democrático no puede definirse nada más como el poder de una mayoría que destaca dentro del mapa político de un país, porque ese mismo poder que ostentan, puede tornarse en una tiranía que desde una racionalidad sesgada, conspira en contra de la coexistencia de los ciudadanos que habitan un determinado espacio geográfico.

Entonces ¿qué es la democracia? ¿estamos suficientemente preparados para definirla? Más aún, ¿sabemos cómo se ejerce? ¿contamos con elementos de juicio suficientes para evaluarla desde el ejercicio del poder que demuestran los gobernantes del país? En primer lugar, me apoyo en el diccionario:
1) Doctrina política favorable a la intervención del pueblo en el gobierno.
2) Predominio del pueblo en el gobierno político de un Estado.

En la primera acepción me detengo en esto …intervención del pueblo en el gobierno, y no puedo dejar de preguntarme a la luz precisamente de la intervención de un diputado de la bancada oficialista el día de ayer, al referirse de forma humillante y despectiva sobre la inclinación sexual de un representante de la oposición ¿esto es el pueblo? ¿es este pronunciamiento el tipo de intervenciones que la voluntad popular ha delegado en sus funcionarios públicos? El punto no es, si se estaba defendiendo de unas supuestas denuncias de corrupción, el punto está en la calidad y la justicia de esa defensa. El que tenga curiosidad puede observar el vídeo de marras en las redes sociales y podrá constatar que el discurso tan fuera de lugar del Sr. Pedro Carreño, desdice mucho de los principios democráticos que deberían animarle.

Amo las palabras, representan mi vehículo de expresión, más sin embargo, debo reconocer que no todas son sensibles y armoniosas. Como todo en la vida, existe lo bueno y lo malo, sé que filosóficamente estas perspectivas no son deterministas, ahora, dentro del universo de los símbolos articulados que pretenden exteriorizar un pensamiento, el hombre puede escoger aquéllos más desafortunados, los más insidiosos, los más denigrantes para darle forma a un lenguaje de ¿comunicación? que atenta sin pudor y con alevosía hacia esa tan anhelada coexistencia.

No estamos bien, nada bien, el lenguaje de los poderosos es soez e injurioso y me resisto a que esto sea lo que el pueblo acepte como algo que debe distinguir a un sistema que se dice ser democrático. Estar en democracia en estos tiempos que vivimos en Venezuela, se ha convertido en un total sinsentido, en algo ilógico, irracional. El monstruo que deambula impunemente, ofreciendo zarpazos y sentencias de muerte, de ninguna manera puede llamarse Democracia. Mi verdad en estos momentos me inclina a definir nuestro sistema político como un régimen totalitario, un esperpento traicionero que no respeta las minorías y que ha estafado las más genuinas aspiraciones de salir hacia adelante dignamente, desde el esfuerzo sostenido de todos y cada uno de los habitantes de esta nación.

En un artículo del escritor colombiano Héctor Abad Faciolince, publicado en el portal Prodavinci y contextualizado en el caso egipcio, que de paso nuevamente está en el ojo público y no como un ejemplo auspicioso, se pregunta algo que me ha intrigado y todavía me intriga, vistos  los resultados electorales de octubre de 2012, donde resultó vencedor alguien que sabía perfectamente que su condición de salud no le permitiría asumir tamaño compromiso … ¿Cómo alcanzar la democracia cuando la mayoría apoya un tipo de ideología no democrática? No lo sé, con los argumentos que tengo en estos momentos no lo tengo claro, a pesar de ello, Faciolince me ofrece algunas luces sobre el concepto de democracia, cosa que agradezco mucho y que me permito transcribir, porque me parece que lo expresa en las palabras más justas:

“La democracia no significa, con un simple conteo electoral, que la mayoría decide. La mayoría accede, sí, al poder, pero tiene que respetar los derechos de las minorías, y reservar para ellas espacios de poder y sobre todo de autonomía. La democracia que no admite el disenso y la libertad de las minorías, no puede llamarse democracia.” (1)

También en este artículo, el autor menciona que la democracia debe estar preparada para convivir con extremistas y aún cuando no me gustan las posturas maniqueas, por estos lados de occidente, los radicales indistintamente pueden ser de derecha como de izquierda. Cómo cuesta valorar los gradientes, las posturas intermedias, el movimiento que promueve un equilibrio de fuerzas. Por el contrario, éstos son atacados y forzados a asumir o a pronunciarse desde los extremos. Entonces debo aceptar que no tenemos madurez política, no estamos preparados para resolver nuestros problemas desde el diálogo productivo y desde la convocatoria sincera de todos los aspirantes que desean participar al servicio de la nación. En este cometido, quienes nos gobiernan en estos momentos, son el peor ejemplo de este escenario y no hacen más que prodigarse en exhibir ostentosamente su poderío y soberbia.

Me asusta cuando escucho que la salida debe ser militar y violentando el hilo constitucional, la paciencia no ha sido una de nuestras virtudes como nación y algunos apostarían al primer postor que se ofrezca a dinamitar las bases del poder que hoy se sustenta en la ilegitimidad, la corrupción, el tráfico de influencias, el desconocimiento de la carta magna y en la apropiación de las instituciones del estado. Muchos a mi alrededor sintieron envidia ajena porque las fuerzas armadas de Egipto actuaron como actuaron para deponer el gobierno de Mursi y con mucha cautela solo les indiqué que era temerario cantar victoria, porque este tipo de “soluciones” en países tan polarizados y con una cultura democrática tan precaria, corren el riesgo como expone Faciolince, de sustituir un despotismo por otro tipo de despotismo, donde solo cambian los protagonistas, pero sus principios de acción son tan o más perversos que los depuestos.



Entonces, después de todo lo expuesto ¿existen alternativas? Siempre existen, el problema está en ponernos de acuerdo en esa visión de país que merecemos, es en ese acuerdo donde está la clave, e insisto, me resisto a dar por sentado que los ciudadanos de esta nación aceptan de buena gana actuaciones como la demostrada por el diputado Carreño. Es por ello que en un día cualquiera de estos meses transcurridos luego de las elecciones del pasado mes de abril, pensé lo siguiente en relación a los representantes del gobierno actual y me decía, no sé qué es peor, escuchar el mismo discurso una y otra vez, las mismas excusas, las mismas culpas ajenas, los sempiternos argumentos desgastados que utilizan para justificar la confrontación permanente o simplemente pretender que no existen, que son efímeros, que no representan la paz que desesperadamente trata de encontrar este país. ¿Pretender que no existen? ¿El insilio? No sé, aunque me parece importante no dejarnos contaminar por tanta mediocridad.

Lo anterior puede sonar a una vía de escape, un atajo, un camino verde para sortear a tan patética realidad …que somos gobernados por individuos que se diluyen en discursos ambiguos, cínicos, patrioteros y en algunos casos con una precaria formación política, y cuando menciono la formación, me refiero a una de verdad, que sin ser estrictamente académica, sea producto del quehacer en esas arenas tan espinosas, que haya tenido trayectoria y una trascendencia positiva, porque fue ejercida desde la probidad ante la cosa pública. Estos antecedentes previos o la tan ganada experiencia, pueden constituirse en ese aval que justifique los cargos públicos que ostentan o que aspiran ocupar.

Sobre las motivaciones para aspirar a estos cargos, escribiré más adelante …




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